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Dante Alighieri - La Divina Commedia - Inferno
Arturo Cuyás de la Vega - La divina comedia - Infierno

Al mediar la carrera de nuestra vida (1) perdí el camino cierto y, extraviado me encontré en una oscura selva (2). ¡Ah, cómo, decir hasta qué punto aquella selva, cuyo recuerdo hace revivir mi pavor, era tupida, áspora y salvaje! La angustia que despertaba en muy poco cedía a la de la propia muerte.

Para que se comprenda el apoyo alentador que en ella encontré (3), he de explicar antes otros aspectos que a mis ojos se ofreciero. No sabría decir ahora cómo penetré en ella; de tal modo me dominaba el sueño cuando abandoné la verdadera vía. Mas a poco de llegar al pie de una colina, límite del valle aquel que así me había atemorizado, miré a lo, alto y vi la cima aureolada por los rayos del astro que es guía fiel de todos tos caminos. Entoces se aquietaron las alguas del lago de mi corazón, turbadas por el espanto durante aquella noche tan penosa.

Y lo mismo que el náufrago que, al ganar la orilla después de haber luchado con el profundo piélago, vuélvese para mirar el elemento peligroso del que consiguió liberarse, así mi espiritu, todavia, inquieto, contempló el paraje que acababa de franquear, y del que jamás saliera un ser viviente.

Cuando mi cuerpo fatigado tomó descanso continué mi camino por la desierta montaña, ascendiendo sin cesar, demodo que el pie que afirmaba en el suelo quedapa en seguida por debajo del otro (4). De pronto se me apareció una agilísma pantera (5) de pintada piel, que sin perderme de vista me impedía avanzar y de la que intenté huir varias veces.

Amanecía. El sol se elevaba rodeado de las mismas estrellas que lo acompañaron cuando el Divino Amor creó aquella obra maravillosa. La frescura de la mañana y la dulce estación me hicieron confiar en la fiera de brillante piel. Pero un nuevo sobresalto me aguardaba: un terrible león, a cuyo paso hasta el aire se estremecía, vino corriendo hacia mí (6), alta la cabeza y como enfurecido por el hambre. Y, a la vez, una loba (7) enjuta, ávida, que parecía extenuada por los torpes deseos que a tantos desgraciados sumieron en la miseria. Daban tal espanto sus ojos, que desconfié de escalar l acima. Y como aquel que al perder lo que atesoró, lo llora con sus constantes y entristecidos pensamientos, así me aconteció a mí con aquella agitada fiera que salió a mi encuentro y que, poco a poco, me empujaba hacia la tenebrosa espesura.

Iba yo retrocediendo, cuando se ofreció a mis miradas alguien que, por su obstinado silencio, parecióme mudo. Al verle en aquel gran desierto le grité: -Ten misericordia de mí, oh tú, vana sombra u hombre real y verdadero-. Me respondió: -Ya no soy un hombre; lo he sido; mis padres fueron lombardos y Mantua mi patria. Nací, aunque tardíamente (8), en tiempos de Julio César, y viví en Roma bajo el imperio bienhechor de Augusto, cuando aún se creía en los falsos y engañosos dioses. Fuí poeta y canté al prudente hijo de Anquises (9), que regresó de Troya después de haber sido devorada por las llamas la soberbia Ilión. Pero ¿Por qué caes de nuevo en el abatimiento? ¿Por qué no sigues escalando la apacible colina que es motivo y razón de todo goce?

-¡Oh! ¿Eres tú, Virgilio, aquella fuente de la que brota tan caudaloso raudal de poesía? -le contesté confuso-. ¡Oh, radiante lumbrera, honra de todos los poetas! ¡Válgame el detenido estudio y el profundo amor que he consagrado a tus obras! Tú eres mi maestro, mi autor preferido, de quien aprendí las galanuras de estilo a las que debo honores tan señalados. Mira esa fiera que me obliga a huir. Socórreme, sabio famoso. Mis venas están heladas y tembloroso mi pulso.

-Te conviene seguir otros caminos-me dijo al contemplar mis lágrimas—si quieres escapar de este lugar salvaje. Esa bestia que te empavorece no cede a nadie el paso, y al que intenta avanzar lo mata. Su instinto es tan malvado y sanguinario, que nunca ve saciados sus apetitos, y cuanto más devora, más inextinguible es su hambre. Son muchos los animales con quienes se empareja,  y aun se uniría a otros muchos más; pero no tardará en vehir el Lebrel (10) que la aniquile. No se nutrirá éste de tierras y de riquezas, sino de sabiduría, virtud y amor. Nacido entre ambos Feltros (11) salvará a la Italia empobrecida que vió morir de sus gloriosas heridas a la virgen Camila, a Eurialo, a Turno y Niso (12). La perseguirá de poblado en poblado hasta precipitarla de nuevo en el infierno, de donde la Envidia la arrojara a la faz de la tierra. Pensando en tu bien determino que me sigas. Yo seré tu guía. Haré que salgas de aquí y te conduciré a un lugar eterno donde escucharás desesperadas lamentaciones; verás los espíritus en tormento de los antiguos coudenados que en sus gritos piden morir por segunda vez. Y visitarás, asimismo a aquellos que están contentos, aun torturados por el fuego (13), porque esperan gozar, cuando el cielo se lo permita, de la divina beatitud. Y si quieres llegarte a la alta región de los bienaventurados, un alma más digna que la mía te acompañará cuandos separemos, puesto que el Supremo Soberano que reina en las altas regiones no consiente mi entrada en el imperio celestial, porque yo no conocí la verdadera fe. Su poder se extiende sobre todo el Universo, pero su corte y su trono están en el cielo. ¡Oh, dichosos los que pueden acercarse a El!

Yo le repliqué así: -En nombre de ese Dios que tú no has conocido te ruego, ¡oh poeta!, que me ayudes a huir de este lugar y de otros acaso más funestos; acompáñame a esas regiones de que me has hablado y haz que yo vea la Puerta de San Pedro y a los que, según tus palabras, sufren tan cruelmente.

Entonces se puso en marcha. Y yo seguí sus pasos.

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